viernes, 14 de mayo de 2010

La rebelión

Aquel libro no era libro de biblioteca. Era libro de mercadillo. De los que se revenden. De los que van de mano en mano. De primera a segunda mano. De padres a hijos.
Pero nació en un cuerpo que no le gustaba. Y por aquel entonces, la seguridad social no le iba a pagar el cambio de tapa-dura a libro de bolsillo. Así que, ideó un plan. Cogió un poco de su capítulo III, bastante del capítulo VI y algo del prólogo del libro que tenía al lado. Y comenzó a llevarlo a cabo. Cada vez que podía se echaba unos centímetros hacia atrás, para que lo cogiesen. Lo manoseasen. Lo sudasen.
Pasaron años. Y manos. Las esquinas ya estaban dobladas a modo de marcapáginas. Y el libro envejeció. Agudizó lo que quedaba de su tapa-dura y pudo escuchar que alguien se acercaba a la biblioteca. Volvió a echarse unos centímetros para atrás. Y ese alguien decidió que era un libro viejo e inservible, que restaba sitio a otros libros nuevos, con una tapa-dura musculosa y colorida. Por fin, aquel libro podría salir de la biblioteca, de la casa, y viajar.
Por aquella época, los libros viejos no se reutilizaban, sino que se quemaban en la chimenea. La frase "el saber no ocupa lugar" no se conocía. Pertenecía a otro libro anterior (muy viajero también) que había sido quemado recientemente. Así que aquel fue el destino de nuestro pequeño libro. La chimenea. El fuego. Las cenizas. Y mientras se quemaba, el libro no sabía si ardía por el fuego o por la excitación. Comenzó a ser etéreo. Ágil. Libre. Era un humo muy literario el que salía por el tejado.

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