Aquel libro no era libro de biblioteca. Era libro de mercadillo. De los que se revenden. De los que van de mano en mano. De primera a segunda mano. De padres a hijos.
Pero nació en un cuerpo que no le gustaba. Y por aquel entonces, la seguridad social no le iba a pagar el cambio de tapa-dura a libro de bolsillo. Así que, ideó un plan. Cogió un poco de su capítulo III, bastante del capítulo VI y algo del prólogo del libro que tenía al lado. Y comenzó a llevarlo a cabo. Cada vez que podía se echaba unos centímetros hacia atrás, para que lo cogiesen. Lo manoseasen. Lo sudasen.
Pasaron años. Y manos. Las esquinas ya estaban dobladas a modo de marcapáginas. Y el libro envejeció. Agudizó lo que quedaba de su tapa-dura y pudo escuchar que alguien se acercaba a la biblioteca. Volvió a echarse unos centímetros para atrás. Y ese alguien decidió que era un libro viejo e inservible, que restaba sitio a otros libros nuevos, con una tapa-dura musculosa y colorida. Por fin, aquel libro podría salir de la biblioteca, de la casa, y viajar.
Por aquella época, los libros viejos no se reutilizaban, sino que se quemaban en la chimenea. La frase "el saber no ocupa lugar" no se conocía. Pertenecía a otro libro anterior (muy viajero también) que había sido quemado recientemente. Así que aquel fue el destino de nuestro pequeño libro. La chimenea. El fuego. Las cenizas. Y mientras se quemaba, el libro no sabía si ardía por el fuego o por la excitación. Comenzó a ser etéreo. Ágil. Libre. Era un humo muy literario el que salía por el tejado.
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