martes, 30 de marzo de 2010

Pieza salvavidas

Nada más nacer se me resbaló la vida. Cayó al suelo. Se despedazó. Qué mala suerte, qué torpeza la mía. Mi vida venía en forma de caja, nada especial por cierto. Desde entonces y hasta ahora he buscado los malditos trozos de la caja. La mayoría eran minúsculos, sólo encontré dos o tres trozos más o menos grandes. Mejor dicho dos, uno de los tres trozos resultó que no era un trozo para mi caja, sino que pertenecía a otra vida de otra persona tan torpe como yo. Bien, me deshice de esa pieza, por fin. Entonces la vi. Pensé que, quizá —y era un quizá muy remoto— ella podría ser una pieza. La conocí, y del “podría” pasé al “¿será?”. La cogí, poco a poco, como pude. No era fácil. Estaba afilada, podía hacerme daño. La atrapé. La encajé en mi vida, digo, en mi caja. Y sí. Es una pieza, la más grande, por cierto. Tan grande, tan grande que resultó ser la tapa de la caja. Ahora estoy a salvo.

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